jueves, 18 de noviembre de 2010

Andy Warhol y the Velvet underground

The Velvet Underground & Nico: Rehearsal at Warhols Factory  (1966)

Un mediometraje en que Andy Warhol filma a The Velvet Underground; Nico (y su pequeño hijo tocando la maraca) en una improvisación -musical, actoral y fílmica- de más de 30 minutos, en The Factory, el estudio de Warhol en New York.

Un documento fundamental para la historia de la vanguardia artística de la década de 1960.

Y para la historia del punk rock.

viernes, 4 de junio de 2010

El genocidio neocolonial: los selknam, 1880-1930

por Martín Gusinde

(selección, comentario preliminar y edición: Mario Rabey)

Frag
mento de Gusinde, Martin, Die Feuerland-Indianer (Los indios de Tierra del Fuego). Tres tomos, Viena 1937, Sobre una investigación realizada en Tierra del Fuego entre 1918 y 1923.

Edición Digital:
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Hacia 1870, los Selk'nam (mal llamados Ona) , habitaban las mesetas de Tierra del Fuego en un número de tres a cuatro mil personas. Esto según la máxima autoridad en el tema: Martin Gusinde, el etnógrafo que trabajó sobre su cultura, y con ellos, entre 1918 y 1923 . Según el mismo autor, hacia 1918 solamente quedaban menos de trecientos, luego de las masacres que habían sufrido a manos de buscadores de oro y estancieros. Para 1930, la gripe había hecho su trabajo, quedaban unos cuarenta Selknam: el 99 por ciento de la población de dos generaciones atrás había muerto. La foto siguiente es del minero de oro Julius Popper cazando indios Selknam en 1880. La foto forma parte de un álbum que Popper obsequió al presidente argentino Juárez Celman. Martin Gusinde relata cómo los cazadores «enviaban los cráneos de los indios asesinados al Museo Antropológico de Londres, que pagaba ocho libras por cabeza».Las expediciones mineras fueron las responsables de gran parte de las muertes por acción directa en contra de los Selk'nam. La otra parte se debió a la acción inmediatamente posterior de los estancieros que necesitaban liberar el territorio de indios para dedicarlo a la cría extensiva de ovejas. Los Selknam, los pobladores de las planicies de Tierra del Fuego, fueron casi completamente eliminados. Un pueblo, su gente, su cultura. Inmediatamente después de la "Conquista del Desierto". Un "Desierto" que estaba habitado por pueblos, gente, culturas. Un "Desierto" donde se vivía, se dormía, se cazaba y recolectaba, se cocinaba, se comía, se hacía el amor y se hacían fiestas. Un Desierto sin Civilización. Pero dejemos la palabra a Gusinde.

El número de habitantes Selk’nam en el momento de la penetración de los blancos sólo puede calcularse aproximadamente. La consideración de las condiciones naturales en la actualidad y su actividad económica nómada, contribuye a calcular con bastante aproximación dicha cifra de población. Las difíciles condiciones naturales han originado una nivelación entre nacimientos y muertes; nunca ha sobrepasado su núcleo de población de lo que la llanura aprovechable le ha podido ofrecer en materias alimenticias.


La Isla Grande de la Tierra del Fuego presenta una llanura de cerca de 48.000 Km, que corresponde a la extensión de Württernberg, Baden y Alsacia-Lorena. Indudablemente no tenemos en cuenta para el cálculo de nuestros Selk’nam el saliente suroccidental, con sus muchos y entrecortados fiordos ni tampoco los macizos montañosos cubiertos de hielo y nieve. En realidad, sólo han recorrido un poco más de los dos tercios de la extensión de la Isla, unos 35.000 Km. Si para este cálculo aproximado se atribuye a cada persona una parte de llanura de 10 Km -cuya proporción no es muy elevada para una tribu de caza nómada-, se puede deducir con la mayor exactitud posible que la máxima población de los Selk’nam en los primeros tiempos era de 3.000 a 4.000 personas. Después de una existencia tranquila y feliz a lo largo de siglos, se ha reducido su número en los últimos sesenta años a unas cincuenta personas. El europeísmo, ha aniquilado esta vigorosa tribu.

Ahora tengo que poner sobre el tapete el lamentable espectáculo de la destrucción de esta excelente tribu por los codiciosos europeos. No es agradable desde luego esta tarea, pero tengo la esperanza de describir con algunos párrafos, y fiel a la verdad, el criminal desarrollo de esta matanza en masa.

Como en muchas otras partes del Nuevo Mundo ha penetrado también en este apartado rincón de la tierra, llegando hasta las moradas de los cándidos indios, el hombre blanco civilizado ávido de ganancias, provisto de armas de fuego y venenos; y no ha soltado sus mortíferas armas hasta que ha hecho completamente suya la región deseada. Ha avasallado con desenfrenada violencia los más sagrados derechos humanos. Ninguna fiera se ha comportado de tan manera cruel como lo han hecho los blancos contra los indios indefensos. Estos renglones deben ser una permanente protesta contra aquellos cazadores de hombres, que han aniquilado sin compasión al pueblo de Selk’nam.

Para el que conozca la historia de los viajes marítimos no necesito repetir cuán inferiormente han sido juzgados los pueblos salvajes por los navegantes de la época de su descubrimiento. Casi sin excepción tenían un sangriento fin el primer encuentro de los europeos con los indígenas, sean de la tribu que sean. Como puede comprobarse han sido los blancos los que siempre y en todos los lugares han empezado con crueldades, hasta que al fin los muchas veces desengañados y oprimidos salvajes, han dado libre curso a su venganza contra cada uno de los europeos. 

También a nuestros Selk’nam les ocurrió lo mismo. Anteriormente se ha descrito que el Almirante de la flota española, Sarmiento de Gamboa, el «descubridor y de los Selk’nam», mandó a sus marineros que cogieran prisionero a un hombre del tamaño de un gigante del primer grupo de indios que se encontró y que se lo llevaran arrastrando hasta el barco. La misma caza de indios, la han repetido posteriores navegantes, entre otros, por ejemplo, el holandés O. van Noort, el 23 de enero de 1619, en la bahía del Buen Suceso, en el extremo sur-oriental. Por lo tanto, no es de extrañar que más tarde los indígenas se fueran reprimiendo poco a poco en sus demostraciones de amistad hacia los advenedizos europeos.
Cuando hace setenta años y ante la general sorpresa, se descubrieron ricos yacimientos de oro en muchos lugares de la región del Magallanes, arribó allí un aluvión de aventureros. Poco después del año 1880 intentaron por primera vez unos pequeños y audaces grupos de buscadores de oro, penetrar en el interior de la Isla Grande. En aquellos años no existía ni autoridad civil ni policía, nadie podía ser observado en sus actividades y mucho menos exigirles responsabilidades. La sed de oro llevó a muchos aventureros y criminales, y casi siempre el encuentro de éstos con los muchos más débiles indígenas traía funestas consecuencias para los últimos. 

Uno de los que causó peores estragos fue el rumano, Julius Popper con su banda de cerca de cincuenta buscadores de oro, compuesta de vagos criminales y de huidos políticos. Trabajaron primero en la costa norte de la Bahía: de San Sebastián, en el rico yacimiento aurífero del Páramo; mas cuando el filón se extinguió, se dispersaron los descontentos mineros, dirigiéndose preferentemente hacia el sur. Los indefensos indígenas, al verse sorprendidos por todas partes, trataron de hacerles resistencia con sus ineficaces arcos y flechas, pero entonces ya no hubo indulgencia alguna para ellos. Los hombres fueron tiroteados sin compasión y las mujeres cogidas prisioneras, sirviendo así a la pasión de estos asesinos. Con sanguinaria crueldad continuó sólo Popper. Cadáveres de indios señalan su paso por el ignorado sur de la Isla Grande; el miedo y el terror obligó a los indígenas fugitivos a esconderse en alejados refugios, donde a veces se morían de hambre. ¡Es mucha la sangre y la perversión moral pegada al oro de la Tierra del Fuego! 

Otros no menos cazadores de indios fueron el escocés Mac Lenan, que más tarde fue administrador de una gran estancia en Bahía Inútil y el inglés Sam Ishlop. Este último saciaba su indomable pasión maltratando de la forma más repugnante a todos los indios que caían vivos en su poder, profanando después sus cadáveres; mientras que Mac Lenan pagaba una libra inglesa por cada indio asesinado. De semejante forma pudo conseguir en un año una ganancia complementaria de 412 libras inglesas, pues interpretaba y practicaba la caza del hombre como un deporte. A los buscadores de oro siguieron otros enemigos de los indios más perversos y peligrosos: los estancieros. En el año 1878, se intentó por primera vez la cría comercial del ganado. Cuando a pesar del largo invierno se obtenían tan buenos resultados, se instalaron en la orilla norte de la Isla Grande de la Tierra del Fuego varias estancias, cercando con alambradas extensas llanuras; con ello se les ocupó a los indios de su coto de caza, quitándoles su principal fuente de alimentos. De forma significativa reproducía el periódico inglés en el año 1872, las siguientes líneas sobre la Tierra del Fuego: «Indudablemente, la región se ha presentado muy apropiada para la cría del ganado; aunque ofrece como único inconveniente la manifiesta necesidad de exterminar a los fueguinos». (Citado en la revista misional inglesa, XVI, 237; Londres, 1882). 


Inmediatamente pusieron manos a la obra los codiciosos europeos. Cuando los hambrientos indios se aproximaban a los cercados, eran recibidos a tiros por los guardas y pastores. Los guanacos y cururos habían sido ahuyentados por los intrusos blancos y en su mayoría aniquilados; en su lugar pastaban ahora miles y miles de carneros, los «guanacos blancos», como se les llamaba. No es extraño que los hambrientos indígenas atraparan algún que otro carnero. Los estancieros, sin embargo, exageraban el alcance de aquellos robos, atribuyendo, a los indios toda clase de fechorías y afirmaban que se encontraban seriamente amenazados en su seguridad personal. Nutridos grupos de servidores de los estancieros, provistos de armas modernas, acrecentados con toda suerte de vagos y criminales, entre ellos los desengañados buscadores de oro, organizaron metódicas cacerías pasando por las armas a todos los indios vivos que se encontraban en los alrededores del extenso círculo de la colonia europea. Algunos colonos ofrecían hasta una libra inglesa por cabeza y pagaban también la misma cantidad por un par de orejas de indio asesinado. Quien cazaba una puma en la Patagonia meridional recibía la misma recompensa. ¡Fiera y Selk’nam eran considerados como iguales! El italiano Ardemagni informa de otra crueldad que ilustra claramente la capacidad comercial de aquellos granjeros: «Enviaban los cráneos de los indios asesinados al Museo de Antropología de Londres, el cual pagaba hasta ocho libras esterlinas por cabeza. No se respetaba en esto ni a mujeres ni a niños ni a ancianos».
La situación de los Selk’nam se hacía cada vez más insostenible. Si al principio habían cogido algún carnero impulsados por la necesidad, empezaron más tarde a vengarse, causando daño a los estancieros. Cortaban los alambres de los cercados, ocasionando la huida de los carneros y llevándose en la oscuridad de la noche a grandes rebaños hacia pantanos y desfiladeros, donde cogían alguna que otra pieza. Si eran sorprendidos en estas actividades, partían las patas a los animales y los dejaban abandonados. También los perros salvajes azuzaban a los carneros, y así muchos murieron a consecuencia de las mordeduras en el cuello. Así, de aquellas primeras disputas se había pasado a grandes robos que, a su vez, provocaba la venganza de los estancieros contra los indios.

Aunque hay que admitir, en honor a la verdad, que se amenazaba a los ganaderos de no poder conseguir el fruto de su trabajo, hay que considerar también, la terrible situación de necesidad en que se hallaban aquellos indios. El viajero norteamericano F. A. Cook se ha expresado sobre este punto de la siguiente forma:

«Los muchos miles de guanacos blancos que pacen pacíficamente en los cotos indios, constituyen un espectáculo de irresistible tentación para sus primitivos habitantes, hambrientos y casi desnudos, que los divisan desde las heladas selvas. ¡No debemos calificarlos de ladrones cuando ven a sus mujeres e hijos y a todos sus seres queridos casi famélicos y cuando precisamente por eso descienden valerosos y ante bocas de nuestros fusiles Winchester, cogen aquello que consideran producto de su propia tierra!». 

La cadena de crueldades no se acaba con los anteriores datos. Algunos estancieros habían venido de Europa provistos con grandes perros de raza y los soltaron entre los refugios de los indios para que los mordieran. Gran número de niños encontraron la muerte con los mordiscos de aquellas fieras. Si conseguían atrapar algún niño o joven les inyectaban un virus contagioso y los dejaban volver de nuevo a los bosques para que contaminaran a sus familias. Otra inhumanidad era poner un trozo de carne de carnero, envenenado con estricnina, en los lugares más fáciles de ver para que, cayeran fácilmente en la trampa. El resultado era tan eficaz que el naturalista sueco Hultkranz habla de «envenenamiento en masas con estricnina» y el viajero alemán Benignus lo ratifica diciendo: 

«Hasta la estricnina se convirtió en aliada de nuestras bestias civilizadas en estos tristes episodios...» 

Resulta bastante extraño no leer ninguna contramedida por parte de las autoridades competentes, aunque la evidencia palpable de estos hechos criminales había dado lugar a firmes protestas contra la sordera e inactividad en las esferas oficiales. Únicamente cuando la opinión pública despertó, merced al enérgico escrito de protesta de los misioneros salesianos, empezaron, al fin, los gobiernos de Argentina y Chile a prestar un poco de atención a los monstruosos hechos que estaban ocurriendo, en las zonas más meridionales de sus respectivas soberanías. Pero la efectiva autoridad estatal se encontraba muy lejos para que se pudiese conseguir un éxito positivo. Se incurrió entonces en una no menos criminal decisión: se transportaba a los indígenas por la fuerza a la isla Dawson donde en aquellos años se acababa de instalar una misión católica. Por todos los lugares de la Isla Grande se levantó una protesta general contra los indios, acudiendo entonces las autoridades, como dice Benignus, «al remedio acreditado de que patrullas militares dieran batidas contra los indios para hacer partícipes a los salvajes de los beneficios de la cristiandad»; los indios fueron hechos prisioneros y deportados. Según el misionero italiano Beauvoir, estos cazadores de indios atraparon en un solo día a unos trescientos indígenas en la estancia Bahía Inútil, llevándoselos desterrados a la mencionada isla.
Corrientemente las desgraciadas víctimas eran embarcadas directamente a Punta Arenas y colocadas allí en unos campamentos al aire libre, bajo la vigilancia de soldados. Como animales de reses se les tenía cercados con alambradas o empalizadas de madera. A veces se vendían a los mayores y jóvenes en pública subasta como si se tratara de un mercado de esclavos, disponiendo el que los adquiría de un criado en su casa. El número de estos desgraciados no se puede calcular ni aproximadamente; el norteamericano F. A. Cook habla de «muchos niños», que como animales indefensos fueron sacados de su patria y no volvieron a ver nunca más a sus familiares. 

Otro aspecto repugnante de la lucha aniquiladora contra el sano y moralmente elevado pueblo Selk’nam queda para siempre de manifiesto en la vergonzosa violación de muchas indias, obligadas a soportar por sus dueños los europeos los más depravadores sufrimientos. F. A. Cook dice sobre aquellos adelantados de la civilización lo siguiente: 

«Compran, arriendan o roban mujeres, cuando se establecen en una mina de oro o en una estancia de carneros» -y añade indignado:- «es una manifiesta injusticia de la avanzada civilización cristiana que estos hombres cobrizos del lejano sur tengan que ofrendar su vida para proteger el honor de sus mujeres contra los inhumanos hombres de rostro blanco». 

Todos los desafueros cometidos contra los indefensos indígenas tenían por objeto dejar libre la parte norte de la Isla Grande para la cría del carnero. Con ellos dañaron gravemente la comunidad del pueblo Selk’nam e hirieron mortalmente la vitalidad de dicha tribu. El horroroso drama de aquella planeada destrucción se desarrolló en unos treinta años. Los aislados supervivientes se refugiaron en la zona de bosques del sur, donde desde que terminaron las mortales persecuciones, continúan viviendo como triste resto de su tribu, de acuerdo en todo con las costumbres heredadas de sus antepasados.
Allí encontré, al comienzo de mis investigaciones en los primeros días de enero de 1919, al escaso número total de 279 Selk’nam. Se han incluido en dicha cifra aquellas personas aisladas que vivían fuera del grupo principal indio; no habiéndose contado los mestizos cuyos padres eran europeos. De cerca de cuatro mil a que ascendía esta, tribu hacia el año 80 del siglo pasado, se ha ido reduciendo este sano y fuerte pueblo salvaje hasta un insignificante número de supervivientes. Su población disminuye paulatinamente, pues la cifra de nacimientos queda considerablemente por bajo de los fallecimientos. Con gran dolor de corazón he sabido que aquel grupo de indios situados en el Lago Fagnano, que me había permitido convivir con ellos sus ceremonias secretas reservados a los hombres y que me hicieron partícipe por ello de su comunidad india, hace poco que ha desaparecido completamente, víctima de una epidemia de gripe. Hoy, cuando esto escribo, viven sólo unos cuarenta representantes auténticos de esta tribu, noticia que sé por la correspondencia que mantengo con una familia amiga establecida en la Isla Grande. 

Ninguna medida de salvación podía ya impedir la desaparición de la magnífica tribu Selk’nam. Si en la época de mayor persecución y de mortal carnicería los valientes misioneros católicos no hubiesen interpuesto su mejor voluntad para defender a los acosados indígenas y para salvar humanamente a los grupos de indios deportados, hace ya varios años que no existiría ningún Selk’nam. 

En las soledades del lejano sur de América han vivido estos indios salvajes durante muchos siglos en paz y tranquilidad; fuertes generaciones se han ido sucediendo en el transcurso de su viable y singular existencia. Podrían haberse sucedido aún muchas generaciones más, sin molestar a nadie a lo largo del extenso mundo. Una partida de codiciosos europeos se empeñó en establecerse en los primitivos cotos de aquellos indígenas para conseguir rápidamente pingües ganancias. Ha bastado sólo medio siglo para exterminar esta primitiva tribu india de una incalculable antigüedad. ¡Triste destino del pueblo Selk’nam! 

martes, 3 de noviembre de 2009

Rock del Tom Tom - 1961


Rockabilly de Argentina, 1961. Se dice que fue el primer rock en español cantado por su autor en Argentina. Johny Tedesco tenía 16 cuando grabó este disco simple para Vik, un sello subsidiario de RCA Victor. El otro tema es el rock "Vuelve Primavera".




El video tiene la gracia de mostrar al dueño actual del disco en toda la secuencia: sacar el disco del sobre, ponerlo a en un tocadiscos Wincofón, hacerlo funcionar. Está grabado con micrófono al parlante del tocadiscos y se escuchan toda la secuencia de los sonidos que se escuchaba hace cincuenta a sesenta años, cuando se escuchaba música.


domingo, 30 de marzo de 2008

La OEA del Bogotazo- marzo-abril de 1948

Después del Bogotazo parecía como si la ciudad hubiese sido bonbardeada

Julio Castro
Marcha, Montevideo – 13/04/1973 – Nº 1639

El 30 de marzo de 1948, hace veinticinco años, el general Marshall, ex Jefe de Estado Mayor del comando supremo en la guerra mundial y Secretario de Estado de los Estados Unidos, llegó a Bogotá con numerosa comitiva, para asistir como representante de su gobierno, a la IX Conferencia Panamericana. Era el delegado más importante. El presidente, Truman, le había confiado la ejecución de un plan para la reconstrucción de Europa. Ahora le encomendaba la reorganización de la Unión Panamericana y la culminación de las negociaciones que aseguran a Estados Unidos la dirección y control del sistema estratégico para la defensa del hemisferio.

El 9 de abril asesinaron a Gaitán y estalló el bogotazo. La ciudad fue saqueada e incendiada durante cuatro jornadas. La conferencia se interrumpió y los delegados fueron confinados en reductos de seguridad. A los cuatro días el cansancio y el sueño, más que la fuerza pública, agotaron la asonada. Las clases altas dominaron la situación y mantuvieron el poder: unos consecuentes con su tradición; otros traicionando cobardemente a su pueblo. Sobre 3.000 muertos se restableció la paz. La accidentada conferencia se prolongó hasta el 2 de mayo. Dos días antes, el 30 de abril, los delegados suscribieron la “Carta de la Organización de los Estados Americanos”. Así nació la OEA. Entre la sangre y las ruinas del bogotazo.

De esto hace veinticinco años.


La gran farsa

Y es ahora, precisamente, cumplido un cuarto siglo, que la OEA se reúne, en otra conferencia, para decidir su destino. Es la agonía del panamericanismo. Sus deudos saben ya que espera la muerte. América Latina salió de su revolución emancipadora fraccionada geográficamente y dividida por disensiones internas. Bolívar vio los peligros de la balcanización y procuró corregirlos mediante la creación de una sociedad de las repúblicas latinoamericanas. Pero el Congreso de 1826, de Panamá, fracasó. Las potencias de aquende y allende el mar actuaron para que así ocurriera. Como consecuencia, América Latina se mantuvo a lo largo del siglo, entretenida en sus luchas internas, a merced de los intereses imperialistas. En 1889 los Estados Unidos bajo la inspiración de su “Doctrina de Monroe” y su “Destino Manifiesto” exhumaron el proyecto bolivariano, cambiándole su esencia y su signo. Así se creó la “Unión Internacional de las Repúblicas Americanas”, que en 1910 pasó a llamarse “Unión de las Repúblicas Americanas”, y, más corto, “Unión Panamericana”.

Desde el punto de vista histórico el panamericanismo es una estafa. Se usó el antecedente bolivariano, inspirado en la autodeterminación y la asociación igualitaria y libre de las repúblicas hermanas, como pretexto para fundar una organización bajo el signo del vasallaje.

En Panamá se intentó unir a los países latinoamericanos para crear una “antifictionía” continental; en Washington, el gobierno norteamericano propuso y logró, bajo la cobertura de una asociación libre y democrática, reunir a las repúblicas menores, bajo su tutela. La ficción, aunque burda, ha durado: de 1889 a 1948, como Unión Panamericana; de 1948 hasta ahora como OEA.


La estrategia panamericana

Los planes estratégicos tradicionales de defensa de los Estados Unidos se proyectaban hacia el sur hasta la protección del canal de Panamá. El resto de América Latina ofrecía sólo un interés ocasional. Pero estalló la guerra mundial y con ella se amplió la expansión militar. América Latina entró en el área de defensa norteamericana.

Hechos nuevos modifican viejas situaciones. La Unión Panamericana no servía a las necesidades bélicas. Frente a la guerra, los Estados Unidos convocaron, al mes de Pearl Harbour, la reunión de cancilleres de Río (enero de 1942) la que declaró su solidaridad con la nación atacada y decidió: “Que ello implica en consecuencia, que todos los países de este hemisferio se unan estrechamente para la defensa del continente, que es la defensa de todas y cada una de la Repúblicas Americanas”.

En 1945 se reunió la Conferencia sobre los Problemas de la Guerra y de la Paz en Chapultepec y al año siguiente el presidente Truman propuso al congreso de su país un proyecto de “Plan Marshall” para América Latina que, en síntesis, contenía estos puntos: 1º) Transferencia por Estados Unidos de armas y municiones a las 20 naciones latinoamericanas y Canadá; 2º)
Adiestramiento por los EE.UU. de los ejércitos, las armadas y la aviación de los otros países del continente americano; 3º) Mantenimiento, reparación y reconstrucción por EE.UU. de los equipos bélicos de los mismos países, tales como los aviones, los tanques, los cañones y las naves.
El proyecto no había sido consultado con los países a los que estaba destinada la “ayuda” y fue
desechado por el Congreso. Pero poco después (septiembre de 1947) el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca envolvió a todo el hemisferio en una única zona de defensa,“comenzando en el polo norte” [...] “desde allí directamente hasta el polo sur” [...] “desde allí directamente hacia el norte” [dando la vuelta] “hasta el polo norte”. (Los párrafos suprimidos determinan los
puntos de trazado intermedios, sobre el Pacífico y el Atlántico). Una ancha tajada del globo se convirtió en zona militar norteamericana.

El artículo 3º establece: “Las Altas Partes contratantes convienen en que un ataque armado por parte de cualquier estado contra un estado americano, será considerado como un ataque contra todos los estados americanos y en consecuencia cada una de dichas Partes Contratantes se compromete a ayudar a hacer frente al ataque, en ejercicio del derecho inmanente de legítima defensa individual o colectiva”.

Como se comprende la vieja organización de la Unión Panamericana no había sido prevista para objetivos tan amplios y concretos. Un pasito más adelante y nos encontramos en la IX Conferencia Interamericana de Bogotá.


Sobre el humo del incendio

Tres semanas después del estallido del bogotazo, se firmó la Carta. Nació así la OEA, “para convivir en paz y proveer mediante su mutua comprensión y su respeto por la soberanía de cada uno, al mejoramiento de todos en la independencia, en la igualdad y en el derecho.”[...]

Declaración vacua que comentaba MARCHA con estas palabras de Quijano: “En un plano abstracto el problema no tiene más soluciones que nivelar por abajo o nivelar por arriba. Nivelar por abajo, es, como se comprenderá, una majadería o una estupidez. El mundo no ganará nada con que Estados Unidos se coloque al paso de sus estados vasallos de América del Sur, supuesto que tamaña aspiración, que es soberano disparate, tenga posibilidad de realizarse. El mundo en cambio ganará mucho y en primer término los propios Estados Unidos si los estados vasallos del Sur adquieren conciencia cabal de su destino, se rehúsan a vivir cómoda, indolente y vergonzosamente como una clientela romana, de las migajas del fuerte y tratan de fortalecerse y capacitarse. Ahora bien, el supuesto inevitable de tamaña obra es la unión de las débiles. Una política suicida y , en ciertas ocasiones, de repugnante traición ha puesto el acento sobre las diferencias de los convocados a unirse por interés común y se ha solazado en explotar y agudizar, con desplantes histéricos las diferencias, en muchos casos, nimias. No creemos viable y posible en la actual coyuntura histórica la unión de Latinoamérica. Ni siquiera vemos viable y posible la constitución de uniones regionales rígidas. Pero como tantas veces lo hemos dicho, y no tenemos reparos en repetirlo, pese a las canallescas interpretaciones que a nuestras
palabras se ha pretendido dar, creemos posible y viable el nacimiento de formas de acercamiento regionales que preparen más sólidas estructuras de futuro.” (MARCHA, 2 de abril de 1948).

En este clima y en medio de las reservas opuestas desde todos los sectores antiimperialistas, se institucionalizó la ficción histórica de la hermandad panamericana. Los gobiernos de América Latina, - con la desaprensión propia de los grupos detentadores y usufructuarios del poder -, enterraron la tradición bolivariana y construyeron, sobre la falsa estructura del panamericanismo creada por Eliu Root, la nueva organización. Ayudas económicas, asistencia social, cooperación tecnológica; pero por sobre todo, tutoría política y control militar.


La preocupación por “el enemigo”

Durante la guerra mundial, toda la planeación estratégica tuvo como objetivo el peligro nazi. Pero la teoría del peligro nazi se agotó con éste y hubo que remplazarla. Surgió así, después de Yalta, el peligro soviético. Pero los comunistas no están sólo en la URSS, sino también dentro de cada país. A la teoría del enemigo exterior se la amplió: también es necesario combatir el enemigo interno. A la teoría anticomunista se agregó la lucha antisubversiva.

Los Estados Unidos aprovecharon la guerra de Corea y lograron la menguada celebración de un batallón colombiano. Pero el pretexto de la lucha anticomunista sirvió para ahondar la penetración militar. Ya en 1946 había diecisiete misiones militares en trece países latinoamericanos. En 1952 cuando se discutía aquí el Tratado Militar que pese a la movilización popular que lo repudió, fue aprobado, doce repúblicas de la región habían firmado pactos
bilaterales con los Estados Unidos de asistencia militar. A la vez se fundaban en territorio norteamericano diversas escuelas panamericanas para la defensa y la seguridad: el Centro de Táctica Guerrillera y Antiguerrillera de Fort Gulick, la Escuela Interamericana de Defensa, la Academia Internacional de Policía, y a más alto nivel la Comisión Interamericana de Defensa y la Conferencia de Comandantes en Jefe.

Los envíos de armas y las misiones militares se generalizaron. La provisión de equipos, primero por “préstamo y arriendo”, después por la asistencia prevista en los tratados, dio mayor injerencia al poder imperial sobre los ejércitos auxiliares. La instrucción a través de misiones, manuales, becas, intercambio, asesorías logísticas, de mantenimiento, etcétera, impuso una teoría estratégica común, así como unificó las líneas generales de la organización y las norma y planes de los distintos países.

El Uruguay tiene experiencia directa: centenares de jefes, oficiales y clases han concurrido a las escuelas de entrenamiento de los Estados Unidos; el equipo militar llega en cumplimiento del Tratado; ha participado en las operaciones conjuntas que organiza el Comando del Caribe, y en las “Unitas” los pequeños barcos uruguayos intervienen.

En la década de los sesenta la Revolución Cubana y los brotes guerrilleros surgidos en distintos puntos del continente, hicieron que las preocupaciones en torno a la defensa derivaran, del plan continental y del peligro exterior, a la seguridad interna y la lucha antisubversiva.

Y en eso estamos: los sistemas de defensa nacionales, con las asesorías, las ayudas y los apoyos del exterior, han cambiado el objetivo: la lucha es contra “la sedición”. La defensa nacional se ha trocado en servicio de seguridad interna. El imperio puede comerciar, mantener relaciones y contactos y aún entrevistas al más alto nivel con los comunistas de Rusia y China; pero en el área privada del continente, sólo la persecución y los palos. Y en el área privada del continente “los comunistas” somos todos los que repudiamos la dependencia y la subordinación que oprime a nuestros pueblos.

A nivel diplomático, la conferencia siguiente a la de Bogotá (X, Caracas, marzo de 1954) marcó con una brutal crudeza, la impúdica utilización que hace Estados Unidos de la OEA. Las acusaciones contra Guatemala y la condena genérica al “comunismo internacional”, no dejaron lugar a dudas. Máxime cuando cuatro meses después los mercenarios de Castillo Armas invadieron y ocuparon el país.

Episodios posteriores que todos recordamos: la expulsión de Cuba, la frustrada invasión a la isla, la protección y el reconocimiento a los militares en el Brasil, la invasión a Santo Domingo, han demostrado, en unos casos la inoperancia, y en otros, la complicidad criminal de la OEA.

Pero, aunque tarde y lenta, llega la hora de la explicación. Inevitablemente.


Esta conferencia

El primer problema que se discute es el de la “misión y destino de la OEA”. Es decir, una decisión sobre la propia existencia de la organización. En los planteos iniciales Perú estableció la creación de un “comité de sabios”, que estudiara y propusiera conclusiones sobre el escabroso asunto. Chile, más concreto, propuso una unión de los países latinoamericanos sin los Estados Unidos. Describió a la OEA, como “una ficción destinada a perpetuar de hecho la hegemonía del Norte superdesarrollado sobre el Sur subdesarrollado”. El tema, largamente discutido se concretó al final en una proposición presentada por Chile, Perú y Uruguay que pide la creación de “una comisión especial que trace la reestructuración de la Organización de Estados Americanos”. Perú y Chile especialmente, propiciaban la exclusión de los Estados Unidos; la participación del Uruguay, parecería, dejó en suspenso este aspecto de la cuestión.

Pero casi todos los representantes pusieron a la organización en la mira de sus críticas. Algunos como los de Panamá, Chile, Venezuela, Argentina, México, hicieron verdaderas exposiciones de agravios; otros como Uruguay diluyeron su participación en evasivas sin formulaciones concretas; algunos, muy pocos – Haití, Dominicana, Brasil – y, por supuesto, Estados Unidos, se
pronunciaron por mantener la organización aunque reconocieron que debe ser refaccionada. La conferencia aprobará la creación de la comisión, le dará un plazo y en el ínterin, unos y otros librarán la sorda lucha por sus posiciones. Tal vez en la “reorganización” la eliminación de los Estados Unidos no sea posible; pero sin duda habrá un fortalecimiento de los países latinoamericanos que se oponen a la política imperial.

Otro punto es el del reingreso de Cuba, expuesto en la agenda con un delicioso eufemismo: “Compatibilidad de la pluralidad ideológica”. En 1954, en Caracas, la OEA, en ocasión del caso de Guatemala decidió “que el comunismo es incompatible con el sistema interamericano”. Ahora esa afirmación resulta ridícula hasta para los mismos Estados Unidos que la impusieron. Posteriormente en 1962 la OEA expulsó a Cuba de su seno, y aceptó el aislamiento y el bloqueo impuestos a la isla por Estados Unidos. Pero ahora seis países – México, Chile, Perú, Jamaica, Barbados y Trinidad-Tobago – mantienen relaciones con el régimen de Fidel Castro. Son hechos que muestran, como dijo el canciller venezolano, que la OEA va a contramano de la historia. Pero además de los indicados, otros han declarado su oposición a la exclusión de Cuba: Venezuela, Panamá, Ecuador y Argentina. Colombia, Costa Rica, Ecuador y Uruguay presentaron un proyecto de declaración que rectifica la vieja posición anticomunista impuesta por Foster Dulles. El proyecto dice: 1º) Cada estado tiene derecho a adoptar, con plena independencia, un régimen de gobierno y una organización económica y social; 2º) la pluralidad de ideologías dentro de la Carta de la OEA es compatible con la solidaridad regional que se funda en el concepto de la cooperación libremente aceptada por los estados soberanos; 3º) el pluralismo ideológico implica el deber de cada estado de respetar los principios de no intervención y libre determinación de los pueblos.

En el juego de la diplomacia al estilo de la OEA la declaración de 1954 – “el comunismo es incompatible con el sistema interamericano” – tuvo como consecuencia inmediata la invasión a Guatemala; la del 62, en Punta del Este fue el aislamiento y el bloqueo para Cuba. Ahora esta tibia y formal declaración no abrirá el mar a los cubanos. Por boca de William Rogers el imperio ha hablado: “Los progresos espectaculares de nuestras relaciones con China y la Unión Soviética, provienen esencialmente de gestos mutuos; pero hasta ahora no hemos visto cambios en la actitud fundamental de Cuba”. El “pluralismo ideológico”, de acuerdo con lo que se anuncia será aceptado por todos; pero no romperá el cerco.

La conferencia se clausurará el sábado. Pero ya las decisiones más importantes han sido acordadas. Dos hechos, sin embargo, ayer dieron la medida de la debilidad del panamericanismo: el presidente de México y Perón en París dieron una declaración conjunta de apoyo a una política latinoamericana solidaria y autónoma en evidente rechazo de la situación actual; y el Secretario del Tesoro de los Estados Unidos Shultz solicitó a la asamblea una reunión en privado para exponer las dificultades económicas en que se debate su gobierno.

A los veinticinco años de su fundación la OEA agoniza y la ficción del panamericanismo ha muerto definitivamente. Es un paso, sin duda hacia aquello que MARCHA reclamaba entonces: “Que los estados vasallos del Sur adquieran conciencia cabal de su destino y traten de fortalecerse y capacitarse”.

Por la afirmación de esa “conciencia cabal” luchan Cuba, Chile, Perú, Panamá y algunas de las islas del Caribe recientemente liberadas. Es su lucha – y especialmente la del Vietnam, remoto y sacrificado vencedor – la que ha permitido este renacer, a un siglo y medio, del viejo ideal bolivariano que entraña la mejor tradición latinoamericana.